Una noche extraña La luz del día entró por la ventana del cuarto donde había pasado la noche. Una noche llena de sueños y pesadillas. Estaba totalmente mojado por el sudor, sintió la humedad en los huesos y su garganta inflamada. Se incorporó con la somnolencia de haber descansado poco. Respiró hondo, y un golpe de tos le vino desde el fondo de sus pulmones. Todas las mañanas se decía lo mismo, tengo que dejar el tabaco. Fue hacia la ventana y la abrió, el sol le cegó los ojos. Poco a poco sus pupilas se fueron adaptando a la intensidad de la luz que aquella mañana iluminaba con un fuerte brillo. Como todas las mañanas de primavera. Desde aquella ventana pudo ver como se abría paso el sol entre los nubarrones que amenazaban con descargar una tromba de agua. El valle estaba iluminado por los primeros rayos del sol, de las casas salía un hilo de humo que iba creando nubes al unirse con el resto de hilos que subían zigzagueando desde las chimeneas. Buscó su mochila, la encontró bajo la cama. Pudo ver el estado de suciedad de las sábanas. Deberían llevar sin cambiarlas años. Sacó de la mochila una pequeña bolsa de aseo. Fue tambaleándose hacia el baño, recordó la pesadilla. Siempre había agua en sus sueños, mares azules y profundos, puentes y orillas poco estables. En los sueños se derrumbaban a su paso todos los paisajes y tras ellos solo quedaba el laberinto de recuerdos y de formas perdidas. Se miró en el espejo del cuarto de baño, las ojeras cada vez más pronunciadas, debido a la falta de sueño y al cansancio de la noche. No había ni siquiera una noche en la que se acurrucara en sueños antes de la cuatro. Se decía constantemente, noctámbulo, crápula, golfo. Pero en el fondo la noche le daba una energía especial. Al igual que el día lo agotaba. Se embadurnó la cara con crema de afeitar, cogió la maquinilla, la afilada cuchilla brilló en la tenue luz del cuarto de baño. Le dolía la cabeza, recordó que se había tomado más de diez wisquies y en un lugar que tenía fama de poner bebidas de dudosa procedencia. Pensó en Kety, una chica que había conocido en aquel bar, una joven pelirroja, de aspecto dulce e inocente, de ojos pequeños y castaños, labios sinuosamente dibujados y una sonrisa lánguida, triste como sus ojos. Sumido en esos pensamientos no pudo darse cuenta del corte que la cuchilla le había proporcionado en la comisura de los labios, hasta que la sangre enturbió el agua del lavabo. Estuvo maldiciendo con ese carácter agrio que solía tener por las mañanas después de una noche como aquella. La sangre fluía sin parar, el corte era pequeño pero imposible de cerrar, se puso papel higiénico en la herida y continuó afeitándose. Una vez más olvido el roce de la maquinilla de afeitar, cuando se vio envuelto en los brazos de Kety. No recordaba exactamente dónde había estado y menos cómo había llegado a la habitación de aquel mugriento hotel. Otra vez la cuchilla rasgó su piel, esta vez fue un corte fino y profundo cerca de la yugular, respiró hondo, cogió nuevamente papel higiénico y se taponó como pudo la herida por la que sangraba a borbotones. Siguió rasurando su barba y pensó que debía poner más atención a lo que estaba haciendo, de lo contrario iba a terminar desangrándose en aquel cuartucho mal oliente y sucio al que había venido a parar sin saber cómo. Como pequeñas ráfagas le venían imágenes de la noche anterior. El dolor de cabeza era cada vez más insistente, estaba mareado y el estómago le daba cuchilladas como las que se estaba asestando él al afeitarse. Seguro que alguna úlcera le sangraba, pero él no podía verlo, solo podía sentirlo. Kety una vez más en su cabeza. La vio desnuda en la habitación, su cabeza dando vueltas, lo desnudó y como si fuera un muñeco lo tomó hasta dejarlo totalmente ido, por los efectos del alcohol y por el efecto que ahora, mientras se afeitaba, volvía a sentir. La jeringuilla, la aguja y luego el pinchazo. Un nuevo corte en la cara mientras intentaba afeitarse. Miró al espejo, se vio reflejado, moribundo, sangrando. Los ojos rojos, perdidos, las pupilas desquiciadas, redondas, amarillas. El pinchazo, Kety riendo, el wisqui, el humo de aquel antro, su vida, todo y nada en el espejo. Un corte más, el lavabo sangrando, sus manos rojas. Otra vez el pinchazo, la jeringuilla, la aguja, el abismo y los ojos de Kety. Ojos de muerte, el espejo se desvanecía, se nublaba, se aferró al lavabo, se aferró a la vida. Un hondo y último respiro al caer sobre la loza mugrienta del baño de aquella habitación a donde había ido a parar, sin saber cómo. Kety, la jeringuilla, la aguja, las risas, el güisqui, el humo, la sangre. Aferrado a la maquinilla de afeitar dio de bruces en el suelo. El sonido de las sirenas de la policía inundó el silencio de aquella noche extraña. © Salvador Moreno Valencia Fuengirola- España
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